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Muy pocas veces salgo del púlpito sin que me golpée mi consciencia de que no ha sido más ferviente y serio. No me acusa tanto de falta de ornamentos y elegancia, ni por dejar caér una palabra no buena; sino que me pregunta, "¿Cómo puedes hablar de vida y de la muerte con tal corazón? ¿Cómo puedes predicar de el cielo y de el infierno de tal manera dormilona y descuidada? ¿Crees lo que dices? ¿Estás en serio, o en broma? ¿Cómo puedes decirle a la gente que el pecado es tal cosa, y que tanta tal miseria está sobre ellos y delante de ellos, y no ser más afectado con él? ¿No has de llorar sobre tal gente, y no han tus lágrimas interrumpir tus palabras? ¿No has de clamar a voz alta, y mostrarles las transgresiones de ellos; y implorarales y rogarles como por la vida y la muerte?"
Y por yo mismo, como soy avergonzado de mi corazón descuidado y torpe, y de mi modo de vida inútil y lenta, así que, el Señor sabe, estoy avergonzado de cada sermon que ha predicado; cuando pienso de que ha estado hablando, y quién me envió, y que la condenación y la salvación de los hombres es tan concernido en ello, estoy presto para temblar por temor de que Dios me juzgará como un descuidador de Su verdades y las almas de los hombres, y alcaso que en el mejor sermon sea culpable de la sangre de ellos. Yo pienso que no debemos de hablar una palabra a los hombres en asuntos de tal consecuencia sin lágrimas, o la más grande seriedad que posiblemente puédamos; si no fuera que somos tan culpables del pecado que reprobamos, así sería.
Verdaderamente esta es el repique que la consciencia sona en mis oídos, y todavía mi alma soñoliento no quiere ser despertado. Oh, ¡qué cosa es un corazón endurecido e insensible! O Señor, sálvanos de la plaga de la infidelidad y de la dureza de corazón de nosotros mismos, o, ¿cómo podríamos de ser instrumentos aptos para salvar a otros de ello? Oh, haz aquello en nuestras almas lo que Tú nos usarías para hacer en las almas de otros.