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¡LÁGRIMAS – En El Trono Del Juicio!
por Juan M. Krebs

Traducido por Lasaro Flores

“Allí sera el lloro…” - Mateo 22:13

El siguiente mensaje es por Juan M. Krebs, el cual viene de un libro intitulado El Púlpito de Nueva York en el Avivamiento de 1858 (The New York Pulpit in the Revival of 1858). Es una representación de la clase de predicación que una vez producía el arrepentimiento y el avivamiento durante el Tercer Grande Despertamiento. J. Edwin Orr dijo del Tercer Grande Despertamiento; “No era el monumento de ningún hombre. ‘Ha sido dicho rectamente que muchos quienes vivieron durante el avivamiento de 1857-58 lo consideraban como la obra más grande de gracia que el mundo había visto desde los tiempos de los apóstoles.’” El avivamiento de 1858 era precedido por dos grandes motivadores, la tribulación y la oración. “Era un tiempo de un estímulo intenso político.” El asunto de la esclavitud ya estaba dividiendo la nación y poniendo el escenario de la Guerra Civil. El desilusionamiento  y la declinación espiritual infestaba la Iglesia por dentro, como el resultado de predichos falsos y espurios tocante á la fecha del regreso de Cristo. El avivamiento también fue precedido por un periodo de prosperidad monetaria inaudito seguido con una ruina y pánico repentina de banco. HUMILLADOS y UNIDOS por la adversidad, miles tomaron el tiempo para orar ‘hasta que al fin cayó el fuego de Dios’. ~ Editor (D.S.)

Entre los beneficios más atractivos de la felicidad del cielo, es esta – que allí el Señor enjugará todas las lágrimas de los rostros de Su pueblo – que allí ya no más habrá el llorar. Esto es de interes á cada corazón. Este mundo es un valle de lágrimas. Toda habitación del hombre, cada historia personal, surte escenas que sirven, por contraste para ilustrar la felicidad y la gloria del Cielo, de donde toda tristeza y suspiros huirán, y donde los días  de lamento son terminados. Pero, ¡esto no es la porción de todos! Las Escrituras lo restrictan á personas de una cierta descripción. Estos son los justos hechos perfectos; los herederos de la justicia de fe; aquellos quienes una vez, verdaderamente, eran hijos de ira, aún como los demás, pero quienes son lavados, y santificados, y justificados, en el Nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de Dios.

Todos quienes faltan de este carácter, también faltarán de heredar esta felicidad. En el día del juicio final, ellos serán condenados para la “eterna perdición por la presencia del Señor, y por la gloria de su potencia”. El castigo que padecerán es describido. Es ser quemado con “fuego eterno”; es ser mordido por el “gusano que no muere”; es de sufrir los dolores amargos de la “muerte eterna”. Esta es la porción de todos los obreros de iniquidad quienes rehúsan de apartarse de sus pecados; quienes, por el amor de la diestra querida de la transgresión y el ojo derecho de la concupiscencia han de ser lanzados al fuego del infierno. El castigo de los perdidos se habla en conexión con el “lloro”, y el ”lamento”, y el “crujir de dientes”. Esta es la porción de los hijos desheredados y chasqueados del Reino, - de la cizaña; - y de todos aquellos quienes no tienen ningún interés en Cristo, sucios, no consagrados, injustificados, no vestidos de Su justicia. Es por medio del lloro y el lamento y el crujir de dientes que dan salida á su tristeza y desesperación. Esto comenzará en el mismo tribunal de Dios. La ira esta en el alma del pecador. Él vendrá á ese tribunal en la mudez de una culpa consciente, y con “una horrenda esperanza de juicio, y hervor de fuego”. Con consternación, oye su condena. Allí se voltea sobre su camino triste á la prisión. Pero, como un criminal convicto en el muelle, se hunde bajo el veredicto y la sentencia y da salida, a un tiempo, de las expresiones lamentosas de su pena terrible y amarga.

El “lamento” es una lamentación con el retorcer de las manos y un clamor.
Se revienta sobre el oído público. Y tiene acercas de ello, algo del aspecto de angustia. Estas manifestaciones de pesar son obvias y terribles. Quizás todavía estas imágenes no nos afectarán tan fuertes como el “lloro”, el cual es la expresión  de pena en ese día. Hay un aspecto de refinación, algo no intruso en el “lloro”, como contrastado con el “lamento y el crujir de dientes”. Es un pesar más sumiso y silencio; pero verdaderamente amargo y profundo; la manifestación de una tristeza sin esperanza y abrumador.

¿Quién de nosotros no es familiar con las causas de llorar?; más bien, ¿quién no es familiar con el llorar mismo? Y, ¿quién no sabe de su propia experiencia, que efectivo y grato es el alivio en el derramamiento de las lágrimas? Hay aún un lujo en ello. Además hay el llorar de amor y del arrepentimiento, cuando el corazón lleno de contrición mira á Cristo a quien hemos clavado, y sentimos el gozo del pecado perdonado. Como la mujer en la casa de Simón, quien anegó sus lágrimas sobre los pies de Jesús, y los enjugó con los cabellos de su cabeza; o como Pedro, cuando negó a su Señor, salió afuera y lloró amargamente.   

Pero nuestro texto no habla de tal llorar. Todas estas podrán ser lágrimas graciosas; el llorar que dura la noche, y es seguido por el gozo al amanecer. Pero aquel el cual es describido en la advertencia delante de nosotros es el llorar que permanece para siempre. Tiene sus fuentes en un corazón desesperado; fluye reventándose de un corazón arrompido con angustia, y fluye sin fin. Es tan inútil como el de Esaú cuando vendió su primogenitura. Podrá ser con tristeza sumisa, que se esconderá a sí misma en soledad; pero el alma desolada se voltea del rostro del Juez, y de la presencia de la multitud, y busca para sí mismo algún lugar apartado donde pueda nutrir su pena desesperada con lágrimas incesables. Esta es la porción de su copa, quienes sufrirán destierro en aquel día.    

Hay un cierto conocimiento de un chasco completo y de una perdida total. Quizás los sufridores nunca pensaron de ser excluidos del Cielo como un evento posible y real. Engañándose á sí mismos con esperanzas falsas, y voluntariamente ignorantes de la verdad de Dios, y olvidadizo de la ira de Dios, y sin ningún esfuerzos para huir de ello, se sienten seguros. Pero esta delusión ya no más puede consolarlos. Sus esperanzas de escape son barridas como la tela de la araña, y son confundidos por su propia experiencia de las realidades de la muerte y del juicio eterno. Vamos a dibujar algunos de los caracteres que son condenados á este chasco angustioso.  

1) El obrero de iniquidad, quien desafió la ley de Dios como un refrenamiento desrazonable, y rechazó la advertencia de retribución, como un sueño del fanatismo, es ahora confrontado con esa ley, y hecho á sentir que la ira de Dios es revelada desde los cielos contra toda impiedad de los hombres. Él siente que no tiene ninguna otra porción que aquella que ha sido preparada para los incrédulos, 
 los homicidios, los fornicarios, los idolatras, y TODOS los mentirosos, quienes tienen su parte en el lago que arde con fuego y azufre; lo cual es la muerte segunda.

2) Aquél del mundo quien se rindió a sí mismo á la concupiscencia de la carne, y á la concupiscencia de los ojos, y á la soberbia de la vida; quien estimada esta tierra infecunda una bienaventuranza suficiente, y perseguía todo su placer, - y quien de ventura esperaba que después de tal existencia sensual y frívola aquí, él entraría al CIELO. Ahora se halla a sí mismo vivo y consciente – pero en el infierno, en el medio de la tormenta. Es encontrado con la reprensión, que en su vida él recibió las cosas buenas, es justamente dejado á su galardón propio que escogió. Arrompido del mundo al cual se había ligado, su ídolo y porción perdidos, sus dioses alegados, sus riquezas huidas, sus goces desgastados, y sus honras desaparecidas. 

3) El hombre quien se contentó en una esperanza de misericordia, tal como el evangelio nunca publicó – quien no se arrepentía. Quien había leído el evangelio al revés, y pensaba que la sangre de la cruz por su mera derramamiento había apagado los fuegos de la perdición; y así que, insultaba aquella expiación y deshonraba y degradaba a Cristo, en hacerlo el ministro de pecado. Él se consolaba a sí mismo con el pensamiento de que Dios sería misericordioso al fin, á todos los hombres sin ninguna excepción. Él también ha hallado la culpa y la ruina de este error enorme. Él ahora da testigo de la justicia y de la misericordia que había insultado, de una misericordia en la cual había profesado.

¿Qué ha costado el pecado? Escuchalos mientras repasan su trato y estiman su compra. Para evitar las lágrimas de arrepentimiento y las tribulaciones por amor de Cristo en la tierra, he comprado la indignación eterna y la ira, la tribulación y la angustia; y las lágrimas que ahora estoy derramando - ¡ah! ¡Ellos fluirán para siempre de mis ojos llorosos! ¡Ha tomado mi porción – he obtenido mi galardón - mi condenación ha venido! ¡Ah! Qué amargo será en reflejar, “¡Esta es la porción que he escogido para mí mismo!”

Vamos AHORA llorar, para que no llóremos entonces. No por nuestras tristezas terrenales, sino por nuestros pecados. No con las tristezas, sino por nuestros pecados. No con la tristeza del mundo que obra la muerte, sino con aquel arrepentimiento según a Dios la cual es para vida – aquellas lágrimas de contrición las cuales son derramadas en la cruz de nuestro Señor muriendo y expiando. Cae á Su pies, y apela Su compasión; y Su sonrisa alumbrará tu rostro son alegría. Id á Él ahora, como aquélla pecadora se le acercó en la casa de Simón en Capernaúm, cuando con corazón reventándose y palpitando, puso sus labios á Sus pies, los lavó con sus lágrimas, y los enjugó con los cabellos de su cabeza.