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NACIDO DESPUÉS DE MEDIA NOCHE

A. W. Tozer (1897-1963)

Traducido por Lasaro Flores
VIDA GRACIA SOBERANA
(Julio 4, 2002)


    Entre cristianos inclinados al avivamiento he oído el dicho, "Los avivamientos son nacidos después de la media noche".

    Este es uno de aquellos proverbios de los cuales, mientras no sea muy literalmente verdad, todavía punta a algo muy cierto.

    Si entendemos que el dicho quiere decir que Dios no oye nuestra oración hecha en el día por un avivamiento, por supuesto no es verdad. Si queremos decir que la oración ofrecida cuando estamos cansados y gastados tiene más poder que la oración hecha cuando estamos descansados y refrescados, también no es cierto. Dios en verdad necesitaría ser muy austero en requerír que nosotros volviéramos nuestra oración en penitencia, o en regocijarse en vernos castigándonos nosotros mismos por la intercesión. Huellas de tales nociones ascéticos todavía son halladas entre algunos cristianos evangélicos, y mientras estos hermanos han de ser encomendados por su fervor, no han de ser excusados por atribuir involuntariamente a Dios un capricho sadismo indigno de hombres caídos.

    No obstante, si hay verdad considerable en la idéa que los avivamientos son nacidos después de la media noche, porque los avivamientos (o cualquier otras gracias o dones espirituales) vienen solamente a aquellos quienes los quieren bastamente. Se puede decir sin calificación que cada hombre es tan santo y es tan lleno del Espíritu según lo quiere ser. No será tan lleno como lo deseara, pero ciertamente es tan lleno como él lo quiere ser.

    El Señor nuestro lo puso más allá de la disputa cuando dijo, "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán hartos" (Mateo 5:6). El hambre y la sed son sensaciones físicas las cuales, en sus grados agudos, pueden llegar a ser de un dolor real. Ha sido la experiencia de inumerables de los que buscan a Dios que cuando sus deseos vienen a ser dolorosos, fueron llenos maravillosamente y de repente. La problema no es de persuadir a Dios que nos llene, sino en querer suficientemente a Dios para permitirlo que lo haga. El cristiano típico es tan frío y tan contento con su condición miserable que no hay un vacuo de deseo en el cuál el bendito Espíritu pueda entrar de rondón en plenitud de satisfacción.

    Ocasionalmente se aparece en la escena religiosa un hombre cuyos anhelos espirituales no satisfechos vienen a ser tan grandes e importantes en su vida que ellos echan fuera todos los otro interéses. Tal hombre rehusa en ser contento con las oraciones convencionales e intactas de los hermanos resfriádos quienes "guían en oración" semana tras semana y año tras año en las asambleas locales.