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. A
la entrada del
jardín, encontramos un anciano guardando un monton humiante de
basura. “¿Qué
has estado haciendo?”
“Trabajando en el jardín,” dice él. “Bueno,
entonces, ¿qué tienes
que mostrar por tu trabajo?” “Nada, Señor,”
contestó. “Entonces,
¡no has estado
trabajando!” le dijimos. “Señor,” se defiende, “cuando venimos
aquí, este jardín
era un pedazo de tierra desechada, sobrecrecida con malas hierbas,
llena de
piedras y arena, pantanosa en una esquina, y todo alrededor sin
esperanza.” Nos
interesamos. “Bueno,
Señor,” continua. “Yo rompí la tierra, y destruí
las malas hierbas, y desenterraré
las piedras, y carretearé la arena, y era mi trabajo de
desaguadar la esquina
pantanosa.” Escuchamos con un aprecio creciente. “Yo no estoy diciendo
nada
encontra el otro compañero quien plantó el jardín.
Él hizo su trabajo bien.
Pero, ¿dónde estaría su plantar si yo primero no
hubiera arrancado y destruido
las malas hierbas?” Los labores de ambos hombres era necesario, pero el
arrancar y el destruir de las malas hierbas precedieron el plantar de
las
flores y las matas.
Vamos acordarnos el
primer trabajo de arrancar las malas hierbas y totalmente destruirlas.
Una de
las debilildades grandes hoy en día de muchas formas de
ministerio es el tratar
de sembrar buena semilla entre las espinas. Generalmente, las espinas
continuan
brotando, y la semilla es ahogada por ello, a pesár de las
buenas intenciones
del sembrador humano. La semilla sembrada en una tierra preparada solo
requiere
la acción de los elementos para producir el fruto en su tiempo.
La semilla
sembrada junto al camino, o en lugares piedragosos, o entre las
espinas,
tendrán sus prospectos de vida casi inmediamente amenazados
severamente. De la
misma manera, cambiando el modo de la ilustración, un cristiano
quien está en
una relación propia con Dios es generalmente hambriento por las
grandes verdades
y afirmaciones del Evangelio. Un mensaje constructivo no solo es
deseable, sino
necesario. El buen alimento, el más fino de la crema del trigo
del Evangelio de
Cristo, es asimilado ansiosamente por el cristiano quien vive en
harmonía con
Dios.
No obstante, todos los
cristianos no están en una relación propia con el
Señor de ellos. La presente
carestía obvia de avivamiento es debida latamente al hecho que
la mayoría de
los cristianos están afuera del toque de la fuente del poder
Divino. Aún en las
convenciones, el primer trabajo necesitado es de poner rectas las cosas
en las
vidas de los que asisten. De dar a un estómago enfermo un dosis
excesiva de
crema es de correr peligro de la indigestión. Aún un
estómago infermo prefiere
el gusto de la crema al sabor de un medicamento amargo. Todavía,
el medicamento
amargo es necesario, y no impide después el gustar y el digerir
de la buena
comida – al contrario, ello crea el apetito actual de la buena salud,
lo cual
es distinto de los deseos falsos de la indigestión.
Por ejemplo, el mensaje
glorioso de la posición de cada creyente en Cristo es de
confortación a muchas
almas. No obstante, no puede traér mucha bendición a un
cristiano obstinado
viviendo en desobediencia y en pecado consciente. PRIMERO, tiene que
actuar
sobre la enseñanza del arrepentimiento y confesión y la
limpieza, y luego se
puede confortar a sí mismo con las otras verdades. Una vez
oí de una iglesia, a
la cual tenía la crema de la doctrina dada dentro sus paredes,
semana por
semana. Juzgando de la calidad del ministerio levantador dado
allí, uno
esperaría de hallar a los miembros de la iglesia en un plano
altísimo celestial.
Pero en este caso, habían tenido una contienda la cual
resultó en el pan y el
vino siendo vertido en la altercación, y la policía fue
llamada para restaurar
la orden. Obviamente,
necesitaban más que la crema. Malamente
había falta del
medicamento. La verdad posicional no puede ser enseñada
provechosamente hasta
que la enseñanza condicional tenga su efecto. No eches las
perlas delante de
los puercos. Tan grande es esta problema, que cuando el predicador se
arroja
encontra el pecado entre los creyentes y urge la pureza de vida, los
críticos
claman “Introspección,” y algunos insisten que está
tratando en divertir los
ojos del pueblo de Cristo a uno mismo y a las faltas.
Una vez era mi
experiencia feliz, de hablar en una convención bien conocida en
Inglaterra. Era
arreglado con los miembros del concilio que si la bendición
viniera en el grado
que se esperaba, yo estaría en libertad de continuar por doble
el tiempo.
Comenzando con el ministerio destructivo, el Señor uso Su
palabra para crear la
convicción profunda de corazón. El lugar estaba apretado.
Los cristianos eran
movidos a la confesión y arrepentimiento, y muchas almas eran
salvas.
En contraste, no muy
lejos, estaba hablando en otra convención. Era una
convención de buena
reputación. Sentí ser llevado de primero hablar de los
defectos de los
creyentes y la necesidad de ponerse bien antes de gozarse de las buenas
cosas
de la fiesta. Los siguientes oradores parecían de dudar de tal
método, y el
mensaje de ellos parecía ser: “Ya estás completo en
Cristo, así que no te
afanes acercas de estos frioleras. Dios te acepta en el Amado, y no te
tienes
que preocupar.” Por días había esa corriente contraria de
mensaje. Yo creía con
todo mi corazón en la verdad del mensaje de ellos, pero yo
pensaba que el
tiempo estaba inmaturo para su aplicación.
Con un corazón cargado,
ore por la guianza clara en cuanto de continuar mi mensaje. El
Señor puso un
texto, un “nuevo” texto para mi, y lo predique. Antes que lo predicara,
un
orador se ocupo en las promesas gloriosas de Dios, promesas que eran
para los
hijos obedientes. Entonces, vino mi oportunidad. “Asi que, amados, pues tenemos tales promesas,
limpiémonos
de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la
santificación en
temor de Dios” (2
Corintios 7:1).
Al fin dió la conexión, pero no tuvimos una grande
avivamiento. Llevó muchas
verdades a mi corazón. Vamos a confortarnos con las grandes
verdades de nuestra
posición en Cristo. Pero no hagamos excusa por decir que nuestra
“cumplimiento”
en Él nos permite en disimular del pecado conocido.
Referencia Usada: The Church Must First Repent (La
Iglesia Tiene Que Primero Arrepentirse) por J.
Edwin Orr