En su libro,
“El Dotamiento de
Poder”, Oswald J. Smith nos anima de que el avivamiento es una promesa
definita
de Dios, solo esperando de ser asida. Oswald J. Smith escribe, “’Y será en los postreros días, dice Dios,
Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne’ (Hechos
2:17). Ahora, todavía
estamos viviendo ‘en los postreros días’.
El Pentecostés era el nacimiento de la Iglesia. Pero si Pedro
podía hablar de
Pentecostés como ‘los postreros días’,
entonces estamos viviendo en las ‘últimas horas’ de ‘los
postreros días’. Esta es la noche del sábado en la
historia de
la Iglesia. Dios ha declarado que ‘en los
postreros días’ Él derramaría de Su
Espíritu. La promesa era parcialmente
cumplida en el día de Pentecostés. Pero queda para
nosotros en ver el
cumplimiento completo y final. Déjame otra vez recordarlesque esta es
todavía la
dispensación del Espíritu Santo. Entonces,
¿tenemos Escritura para justificar
la esperanza de otro derramamiento del Espíritu de Dios al
entrar las ‘últimas
horas’ de esta edad? Yo creo que sí. Es mi convicción
profunda, más profunda,
que Dios está esperando para derramar Su Espíritu otra
vez, y dondequiera que
Él encuentre un pueblo quienes se conforman a Sus condiciones,
Él dará diluvios
de avivamiento. El derramamiento del Espíritu Santo es la falta
más grande de
la hora. Cualquier lo podrá tener y esperarlo. Ésta es la
solucion de todas las
problemas. No el dinero, sino el Espíritu derramado. No como
obtener la
atención de la gente, sino como asegurar la operación del
Espíritu Santo. No es
el predicar mejor, sino el predicar por el Espíritu Santo. ‘Derramaré
de mi Espíritu sobre toda carne’. Esta, mis hermanos, es
la falta
más grande de la hora”.
Es
tiempo
para la Iglesia de unírse
acercas de su falta desesperada de avivamiento. ¡Tenemos que
reconocer nuestra condición verdadera! Vamos
acordar en oración con aquél antigüo místico
Alemán, Tersteegen, para la
promesa de avivamiento. “¡O
Señor Jesús! Que
puédamos todos ser congregados y esperar con un
deseo ardiente por el poder de lo alto, y el derramamiento de Tu
precioso Santo
Espíritu. Esto Tú nos haz prometido. Como nos haz
reunidos juntos como un
cuerpo, así une nuestros pensamientos para que puédamos
mutuamente buscar,
desear, y suspirar detrás de Tí en nuestros
espíritus. Purga nuestros corazones
de todas distracciones y de todo aquello que no nos lleva á
Tí, para que
puédamos meditar sólo en Tí. ¡O Señor
Jesús! ¿Qué somos nosotros sin el fervor
de Tu Espíritu, sin la luz y la vida de Tu Espíritu en
nuestros corazones? En
realidad, no somos nada sino cristianos formales y muertos que ni te
conocen,
ni te aman, ni te glorifiquen. ¡Ven entonces,
bendito Consolador! ¡Desciende sobre esta congregación! ¡Entra
en cada corazón! Y aunque sea que no puédamos todos ser
llenos de Tí, a lo
menos unas cuantas gotas de Tu gracia fluyan en nosostros en esta
ocasión, para
que por esta agua de vida nuestros corazones sean mutuamente
resfrescados e
incitados para consagrarnos y ofrecernos á Tí
enteramente. ¡Qué puedamos completamente
abandonar todo lo que no eres Tú! ¡O Señor
Jesús! Perdonanos si siempre hemos
entristecido Tu Santo Espíritu, resistido Sus influencias, y por
alejarnos de
ellas. ¡O deja que Tu sangre muy sagrada cubra y haga
expiación por estos y
todos otros pecados! Estad en medio de nosotros, y graciosamente y
misericordiosamente manifiéstate Tú mismo a nuestras
almas como los discípulos
para que puédamos proclamar eficazmente el evangelio a otros.
Haz esto, y oye y
contesta esta nuestra oración, por amor de Tus méritos y
preciosa sangre!”